Radio Amishar

4 de marzo de 2013

Amaos, o por lo menos, toleraos


tolerancia-2
José Antonio M. Moreno y Raquel Aguasca,
Hace unos años, el diario El País publicaba una viñeta de uno de sus dibujantes habituales, Máximo, con un contenido muy interesante. Se trataba de un dibujo que representaba a Dios dirigiéndose al mundo y diciendo:





Amaos los unos a los otros,
o por lo menos, quereos,
o por lo menos, estimaos,
o por lo menos, apreciaos,
o por lo menos, respetaos,
o por lo menos, toleraos,
o por lo menos, soportaos,
o por lo menos, aguantaos,
o por lo menos, ignoraos,
o por lo menos, no os matéis más de lo éticamente razonable.

En la amarga ironía que subyace se percibe un profundo desacuerdo entre lo que debe ser y lo que suele ser. Como personas, somos llamados a amarnos y, si no somos capaces de ello, por lo menos a querernos, estimarnos, apreciarnos o respetarnos. Podríamos incluso admitir la necesidad de ser capaces de tolerarnos; pero es discutible que se pueda mantener una sociedad cuya convivencia se base en “soportarnos”, “aguantarnos” o “ignorarnos”; sin hablar, desde luego, de atentar contra la vida de nuestros semejantes, aunque sea “éticamente”, mediante “guerras preventivas” que, paradójicamente, pretenden evitar otros males (léase “genocidios”, “dictaduras” e incidentes provocados por “los malos”, que siempre son los demás).
Máximo parte, en su reflexión, de un episodio de los evangelios. Poco antes de su prendimiento, Jesús propone a sus discípulos un nuevo mandamiento. Previendo la inminente separación, Jesús les dice:
“A donde yo voy, vosotros no podéis ir. Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.” (Juan 13: 33-35)
No es un mensaje novedoso. Jesús había hecho ya la misma propuesta con anterioridad, y ante un público exigente. Poco después de haber dejado sin palabras a aquellos saduceos que le proponían el complicado caso de la viuda casada sucesivamente con diversos hermanos y el enigma que se plantea en el momento de la resurrección, los fariseos se acercan a preguntarle por el mayor mandamiento de la ley.
Todos conocemos bien el pasaje, registrado en Mateo 22:36-39. A la insidiosa pregunta de los fariseos, Jesús resume la ley. En realidad, no está haciendo otra cosa que citar un texto al cual escribas y fariseos no pueden poner ninguna objeción:
“Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas.” (Deuteronomio 6: 4 y 5)
Se trata de “su” ley, la que ellos mismos utilizan para defenderse de los “falsos profetas” como Jesús. Pero Jesús aporta una dimensión social al mandamiento del Antiguo Testamento. “A tu prójimo como a ti mismo” trasciende lo personal y familiar y entra en la esfera de lo público, se trata de mi relación con los demás.
¿Cómo podemos traducir a nuestro ámbito esta propuesta? ¿Qué podemos hacer para realizarla, individualmente y, sobre todo, como comunidad, como iglesia?
La palabra “iglesia” se ha incorporado a nuestra lengua, como muchas otras, a través del latín, procedente del griego “eklesia”. En sentido estricto, “eklesia” significa asamblea y surge como término para designar las reuniones de los primeros cristianos. En el Nuevo Testamento abundan las referencias que ponen de relieve la importancia de la iglesia como comunidad de creyentes. El mismo Jesús garantiza su presencia entre aquellos que se reúnan en su nombre, aunque sean solo “dos o tres” (Mateo 18:20). Así pues, resulta evidente que la iglesia como comunidad de fieles surge a partir de la voluntad del Señor y es apoyada por él.
Somos millones en todo el mundo los que nos identificamos con un mismo nombre.
Indudablemente, resulta muy agradable sentirnos parte de un colectivo tan numeroso que, sábado tras sábado, es capaz de abandonar sus ocupaciones y preocupaciones y acercarse a la casa de Dios para recibir apoyo espiritual y también social, o para darlo a otros. Este es el papel fundamental de la iglesia como comunidad. Trataremos ahora, no obstante, de subrayar su interés social.
Además de ser un grupo tan extenso, también es muy diverso. Hasta hace poco, la mayoría de las familias adventistas en España se conocían muy bien. Hijos e hijas de amigos y conocidos nuestros se casaban y tenían hijos. Muchos lo sabemos. Han ido apareciendo poco a poco en las páginas de enlaces y natalicios de la Revista Adventista. Pero las cosas han ido variando en el transcurso de pocos años. Hoy en día, el sábado nos encontramos en nuestra iglesia con creyentes a los que no hemos visto nunca antes. Entre nosotros hay personas de diferentes nacionalidades y culturas, con distinta formación y ocupaciones; hay niños, adolescentes y jóvenes, adultos, mayores; familias numerosas, personas solas…
Esta diversidad es el mayor patrimonio social de nuestra comunidad. Resulta estimulante y enriquecedor, aunque hemos de reconocer que, también a menudo, fuente de incomprensiones y desencuentros.
Los que ejercemos la docencia desearíamos, a veces, que los grupos de alumnos con los que nos toca trabajar fueran más homogéneos. Sería más cómodo, más fácil, idénticas necesidades e idénticas capacidades. Pero no es así y en el aula nos encontramos con alumnos muy brillantes y con otros que acarrean desfases de más de un curso, alumnos que saben lo que quieren y están dispuestos a esforzarse, y otros que se recuestan en la silla como si se tratara de un sofá, alumnos apoyados por su familia y algunos cuya configuración familiar todavía complica más su aprendizaje.
La vida real es así, la sociedad es diversa y heterogénea y por ello nuestra iglesia lo es también. Nos une el reconocimiento de la figura de Cristo, la aceptación de su sacrificio para nuestra redención y nuestro deseo de estar con él; pero es evidente que a veces hay muchos aspectos que propician algunas desavenencias.
¿Qué podemos hacer para resolver esta aparente contradicción? ¿Cómo acercarnos a nuestros hermanos aceptando las diferencias que mantenemos y, al mismo tiempo, sentirnos unidos por la misma fe?
En primer lugar, ¿quién es mi prójimo en la iglesia? El “proximus”, en latín, es, simplemente el próximo, el que tengo cerca. Es mi próximo el niño que corre dentro de la iglesia, se pasa el culto pintando y al que de vez en cuando se le caen estrepitosamente los lápices; el adolescente que no para de hablar en la última fila, el que en lugar de venir a la iglesia con su Biblia lleva la Nintendo en el bolsillo, la joven cuyas prendas de vestir disminuyen progresivamente, los que llevan colgados adornos de todo tipo de distintas partes del cuerpo; y también el ceñudo adulto que mira a su alrededor con desaprobación, en lugar de concentrarse en lo que dice el predicador, y se siente impulsado a amonestar pública y privadamente, el que viene a la iglesia todos los sábados pero no se compromete… Y también el que pasa de todo esto y viene después del culto a charlar con sus amigos. Está claro que son ejemplos muy extremos, casi rozando la caricatura, pero en ellos estamos todos.
Y eso es lo bueno, que estamos todos, que hemos venido a la iglesia, que todos, por “diferentes” y “raros” que nos consideremos unos a otros, deseamos lo mismo, hemos decidido voluntariamente formar parte de esta comunidad, que no es otra cosa sino el proyecto de aquella más definitiva a la que miramos esperanzados.
Y es que en la base de la convivencia y, por tanto, del amor al prójimo, está la aceptación del otro como persona, me gusten o no su estilo, sus formas o sus ideas.
Últimamente se habla mucho de tolerancia. “Tolerancia cero” ante el maltrato a las mujeres, el terrorismo, la violencia… Es curioso, “tolerancia cero” es lo mismo que “intolerancia”, sin embargo no se usa demasiado este término (quizá porque provoca rechazo). Pero es verdad que debemos ser intolerantes con muchas actitudes y conductas sociales. No vamos a tolerar que una persona maltrate a otra física o psicológicamente, la excluya o la presione. Hay muchas cosas ante las que debemos ser intolerantes.
Ahora bien, ¿qué queremos decir cuando hablamos de tolerancia? Tolerar significa, en sentido estricto, consentir, no oponerse a algo aunque se tenga poder para ello.
Si pudiéramos establecer una escala, la tolerancia sería el primer escalón hacia el objetivo final que es el amor al prójimo. La tolerancia es el punto de arranque de la convivencia, es lo mínimo, consiento con tus formas o tus ideas y renuncio a la posibilidad de enfrentarme a ellas. Pero la tolerancia debe conducirnos al respeto. Tolerancia y respeto no son exactamente sinónimos. En el respeto hago algo más que soportar tus ideas o actitudes, entra en juego la consideración de que tu postura es tan digna o aceptable como la mía, parte de la premisa de la igualdad, todos somos dignos de la misma consideración y trato independientemente de nuestras diferencias. En el respeto se incluye ya una noción de aprobación (aunque no puedo compartir tus ideas, acepto que las tengas y no pienso por ello que yo estoy en lo cierto y tú estás equivocado. Acepto que tus ideas y tus formas son tan válidas como las mías y, por tanto, estoy reconociendo la posibilidad de que tú tengas parte de la verdad y yo lo descubra después).
Vista así, la iglesia adquiere entonces una dimensión educativa. Nuestros hijos pueden aprender a convivir en una sociedad heterogénea donde no todos son como yo, pero todos son igualmente hijos de Dios, y por eso no tengo derecho a descalificarlos ni a creerme mejor que ellos. Aceptar la diferencia y respetarla nos enseña a convivir.
Sin embargo, el objetivo que Jesús propone va más allá: el amor, el aprecio hacia cada uno de los miembros, la estima sincera y la preocupación por los que tengo al lado, la valoración positiva de sus capacidades y aportaciones. Esto es lo que enriquece a la iglesia, la implicación de todos, cada uno según sus capacidades y posibilidades. De este modo, la iglesia adquiere su razón de ser en la relación de interdependencia que establecemos unos con otros.
Por eso es bueno que nos impliquemos, que todos tengamos una ocupación, algo que ofrecer a los demás en la iglesia, que fomentemos la participación de todos los sectores e individuos. Nuestras diferentes formas de ver, nuestras diferentes capacidades nos enriquecen mutuamente y hacen que entre todos completemos la iglesia.
Hace muchos años, un país fue invadido por un ejército muy cruel. Entre los ciudadanos de aquel estado vivían un cojo y un ciego. Ambos se quedaron perplejos cuando oyeron la noticia. Estaban perdidos. A cada uno de ellos les faltaba algo para poder escapar de aquella amenaza. Entonces el cojo tuvo una idea que les permitió huir: avisó al ciego del peligro que corrían, éste cargó al cojo a sus espaldas y escaparon juntos. Se salvaron porque aprovecharon lo mejor de cada uno.
Todos somos ciegos o cojos, o tal vez ambas cosas. Lo que nos redime no son nuestras cualidades o capacidades, sino la intervención de Cristo. No permitamos, pues, que estas diferencias nos separen. Colaboremos unos con otros, ayudándonos a progresar, aportando cada uno lo que somos o sabemos. Aprendamos a apreciar con sincera estima a todos los que nos rodean, también a los que no se nos parecen, porque tal vez tengamos mucho que aprender de ellos. No nos quedemos en los escalones intermedios de la gradación de Máximo con la que iniciábamos el artículo, propongámonos “Amarnos unos a otros”, con auténtico “amor”, no solamente estima, aprecio, respeto o tolerancia. No nos conformemos con menos.