Radio Amishar

28 de enero de 2013

¿Comó comunicarte con quien tú amas?


Por: Roger y Peggy Dudley
Él: —¿Dónde está mi camisa azul?
Ella: —No tuve tiempo de plan charla. Hoy fue un día fatal.
Él: —Me quieres decir que no tuviste tiempo de plancharla? ¡Si estuviste todo el día en casa!
Ella: —Mira, Guillermo, estuve en casa todo el día, pero hoy he tenido mucho trabajo, ¿eh?
Él: —¿Haciendo qué? Yo trabajo fuera todo el día para que haya pan en la mesa, mientras tú te la pasas aquí mirando novelas por la televisión.
Ella: —¡Estás loco! ¡No tienes idea de lo que es manejar una casa, cocinar, limpiar, lavar, planchar y encima cuidar de los niños!
Él: —¡Palabras, puras palabras! De toda la gente que conozco, tú eres la que tiene la vida más cómoda. Todavía tienes que aprender lo qué es trabajar en serio.
Ella: —¡Por supuesto! ¡Tú sí lo sabes, me imagino! Sentado en la oficina todo el día, salvo cuando llevas a comer a los clientes a un buen restaurante o cuando sales a jugar golf con el jefe. Después vienes por la tarde y te pones a mirar la tele mientras yo limpio y friego la casa, ¿no? ¡Eres sencillamente insoportable!1

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Uno de los principales problemas de toda relación es la falta de comunicación. Entendemos por ello la expresión de pensamientos y sentimientos que puedan ser entendidos por el interlocutor.
De acuerdo con lo mencionado, el diálogo que sostenía la pareja al comienzo indica que se estaba comunicando, sin duda, pero no como para mejorar su relación. ¿Cómo podemos comunicarnos de manera que mejoremos significativamente nuestras relaciones? ¿Cómo debemos hablarle a alguien a quien amamos?
Al intentar dar respuesta a estas preguntas, muchas de nuestras ilustraciones provendrán de la experiencia matrimonial misma, muy probablemente la relación más importante que existe. Sin embargo, las pautas que vamos a presentar se pueden aplicar a cualquier relación en la cual dos personas se interesan la una por la otra. La relación entre padres e hijos, entre novios, compañeros de pieza, o de trabajo, miembros de iglesia y amigos íntimos. Todos conocemos a alguien por quien preocuparnos. De modo que todos necesitamos saber cómo hablarle al otro de manera que la buena relación se profundice. A continuación presentamos diez pautas que pueden ayudarnos a saber cómo hablarle a alguien a quien amamos.

1. Escucha cuidadosamente para captar tanto los pensamientos como los sentimientos de tu interlocutor(a).
“A mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse” (Santiago 1:19). Si vamos a establecer relaciones basadas en el amor, tenemos que convertirnos en personas capaces de escuchar, incluso antes de saber cómo vamos a hablar. La comunicación amorosa implica que dos mentes y dos corazones se comprendan. Tenemos que saber a ciencia cierta lo qué está pensando el otro y cómo se siente, para poder reaccionar de manera que la relación se realce.
El arte de escuchar no es algo que recibimos naturalmente: hay que aprenderlo. Primero, no interrumpas hasta que la otra persona haya terminado de hablar. Mientras escuchamos, la tentación que nos asalta es la de elaborar mentalmente respuestas y refutaciones. Así que interrumpimos para introducir nuestros puntos de vista. El mensaje que enviamos es: “Me importa más lo que yo pienso que lo que tú dices”.
Segundo, presta atención plena e indivisa a lo que está diciendo tu ser querido. Es más difícil de lo que parece, porque es fácil distraerse y dejar que la mente divague. Ruth Graham, la esposa del famoso evangelista Billy Graham, ilustra lo que estamos comentando: “Con frecuencia mi esposo está preocupado. Y es comprensible, tiene muchas cosas que atender. Cierta vez esperábamos gente para cenar, y yo le pregunté qué le gustaría que incluyera en el menú.

—“Ajá… —gruñó él—. Yo sabía que sólo su cuerpo estaba conmigo y decidí divertirme un poco.
— “Se me ocurre que podríamos comenzar con una sopa de renacuajos—empecé.
— “Ajá —me contestó.
— “Y en el jardín hay una hermosa hiedra venenosa con lo que podríamos hacer una linda ensalada.
— “Ajá.
— “Y para el plato principal podríamos asar algunas de esas ratas del muelle que vimos el otro día cerca del lugar donde se ahúman cecinas, y las podríamos servir con hierbas amargas hervidas y alpiste.
— “Ajá.
— “Y como postre podríamos presentar un soufflé de barro… —el volumen de mi voz comenzó a disminuir cuando vi que sus ojos comenzaban a ponerse en foco.
— “¿Qué es eso que dijiste de ratas asadas? —preguntó”.2

Escuchar a tu esposo o tu esposa puede llegar a ser cansador, pero dedica tiempo para concentrarte en el mensaje de tu ser amado.
Tercero, acepta que los pensamientos y sentimientos de tu ser querido son genuinos. No lo contradigas ni lo ignores. Algunas declaraciones como: “No te sientas así” o “No lo digas nunca más”, o “Es lo más ridículo que jamás he oído” interrumpe tanto la conversación como la relación misma. Por ejemplo, a la hora de la cena Roberto prueba una cucharada de sopa y se queja diciendo: “¡La sopa está fea!” La mamá se puede sentir tentada a decir: “No es cierto; está deliciosa”. Pero los gustos son personales. Si a él no le gusta, nada lo convencerá. Lo que Roberto escucha realmente es: “¡No me interesa tu opinión!” Desde luego, esto no quiere decir que siempre estaremos de acuerdo con todo lo que oigamos. Tenemos nuestros propios gustos. Podemos aceptar las declaraciones y los sentimientos de los demás como sus propios pensamientos y sentimientos. La mamá, si es sabia, dirá: “Siento que no te guste la sopa. A mí me agrada. Puede que haya alguna otra cosa que te guste comer”.
Cuarto, analiza el sentido del mensaje que estás recibiendo. Las palabras pueden tener significados diferentes para distintas personas. Es bastante fácil que el significado de una palabra se distorsione al pasar de una persona a otra. Podemos confirmar si hemos entendido bien el mensaje parafraseándolo: “Estás frustrado y enojado porque el jefe te acusó injustamente de ese error ¿no es cierto?”. “Temes que nuestra relación se perjudique si yo aparezco como demasiado amigo de Susana, ¿verdad?”. El interlocutor tiene entonces la oportunidad de confirmarle al receptor que ha recibido bien el mensaje, o de corregir cualquier malentendido.

2. No te apresures a hablar.
Piensa bien, piensa con cuidado. Habla de manera que la otra persona pueda aceptar lo que tú dices.
Si escuchamos cuidadosamente eso nos ayudará a articular mejor la respuesta. Nos ayudará a evitar la tendencia a decir lo primero que nos viene a la cabeza sin pensarlo demasiado.
Una forma muy segura de conseguir el apoyo del interlocutor consiste en hacernos cargo de los sentimientos expresados. Se lo puede lograr mediante el uso de mensajes que contengan el pronombre “yo” por: (1) describir, sin acusar a nadie, lo que se dice o se hace, aquello que puede ser la causa del problema. (2) compartir los sentimientos que estás experimentando, y (3) explicar por qué esta conducta te causa problemas.

Por ejemplo, si me frustra que alguien no esté llegando a tiempo a una cita, puedo reaccionar de dos maneras, diciendo: “Me molesta que de nuevo estás llegando tarde. ¿Por qué no eres un poco más considerado?”, o “Me siento mal porque llegamos tarde a esta cita porque creo que le podemos causar inconvenientes a la persona que vamos que visitar. ¿Me permites que arregle esto?” En realidad nadie nos puede obligar a sentir enojo o cualquier otra emoción. Somos responsables de nuestras emociones.
3. No conviertas en importantes las cosas que no lo son.
Nadie es perfecto. La persona a quien tú amas probablemente tiene algunos hábitos que a ti te resultan desagradables. Algunos tienden a exagerar esas cosas al punto de intentar definir toda la relación mediante el uso absoluto de las palabras siempre y nunca. “¡Siempre llegas tarde!” “Nunca me tratas con respeto”. Estas expresiones son exageradas y probablemente sean inexactas.
Edith Shaeffler dijo una vez: “Si usted exige perfección o nada, lo que va a conseguir es nada”. Las relaciones importantes se basan en una comunicación honesta. No hay que exagerar los errores del otro, basta con decir la verdad. Pero, toma nota: la verdad siempre se debe decir con amor. El amor no es “grosero, ni egoísta; es no enojarse ni guardar rencor” (1 Corintios 13:5, DHH). Ser plenamente honesto y al mismo tiempo plenamente amable es la clave de la verdadera comunicación.

4. No causes frustración a tus seres amados.

Alguien podría decidir guardar silencio por una multitud de razones. Es probable que queramos castigar al otro, o tener la esperanza de que el problema desaparezca si se lo ignora, con la idea de que el silencio es oro ya que le da tiempo al problema para que se resuelva solo, o creer que el hecho de no decir nada dará buenos resultados. Ninguna de esas razones es válida. Sólo levantan muros e impiden la comunicación.
Es importante explicar por qué te cuesta hablar en esas circunstancias. Usa las tres sugerencias del punto número dos. Puedes lograr una mejor comprensión de ciertos temas, de manera que los problemas no se repiten.

5. Aprende a discrepar sin discutir.

“Echen fuera la amargura, las pasiones, los enojos, los gritos, los insultos y toda clase de maldad” (Efesios 3:31, DHH). Dos personas jamás estarán de acuerdo en todo. Pero cuando tú discrepes incluso con quien amas, es posible hacerlo con calma, con consideración, concentrándote en el problema y sin atacar a la persona.
El amor no es un sentimiento tibio y aterciopelado, aunque pueda tener esas características. El amor surge de la decisión de preocuparse por alguien y de promover su bienestar. Hace unos cien años el famoso psiquiatra Harry Stack Sullivan, definió el amor de esta manera: “Cuando la satisfacción y la seguridad de alguien llega a ser tan importante para uno como las propias, entonces hay amor”. No siempre estará presente el amor como sentimiento, pero podemos tomar la decisión de obrar siempre de una manera amable.
En la obra No Longer Strangers, Bruce Larson se refiere a la conversación que tuvo una vez con un amigo. “Esa mañana, cuando le pregunté a mi amigo cómo estaba, me dijo: ‘Muy mal. Tuve una pelea con mi esposa anoche y nos fuimos a dormir sin hablarnos, dándonos la espalda. Pero esta mañana ella me dio un beso y me dijo; ‘Querido, te quiero mucho’. “—¿Qué le dijiste? —le pregunté ansiosamente. “—Le dije: ‘Pues bien, yo no te quiero, no me quiero a mí mismo, y ni siquiera a Dios. No se me ocurre alguien a quien yo quiera en este momento. Pero te voy a decir algo: Voy a orar esta mañana, y creo que alguna vez en un futuro cercano el Señor me enderezará, porque él sí me ama. El me capacitará para amar de nuevo. Y cuando lo haga, te prometo que te pondré en mi lista”.3

Nota cómo, a pesar de las expresiones negativas, este hombre en realidad amaba a su esposa. Le estaba diciendo que se interesaba verdaderamente por ella aunque no pudiera sentir amor. A veces eso nos ocurre a nosotros también. Nuestra relación nos parece aburrida. En ocasiones nos enojamos el uno con el otro. Entonces el verdadero amor se eleva por encima de las emociones y le dice a la otra persona que en realidad nos interesa.

6. No respondas cuando estés enojado(a).

“La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor” (Proverbios 15:1). “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo” (Efesios 4:26).
Edgar N. Jackson, en The Many Faces of Grief, ofrece las cuatro “A” que nos ayudarán a controlar la ira, que hemos adaptado para que se ajusten a nuestro modelo.

1. Admítelo (a veces es difícil hacerlo) Tenemos que responsabilizarnos de nuestras emociones.
2. Analízalo imparcialmente. Pregúntate: ¿Por qué estoy tan enojado? ¿Por qué estoy sufriendo esta explosión emocional? ¿Es razonable?
3. Actúa. Y hazlo de modo sabio y saludable, de manera que el nivel de adrenalina se reduzca a su nivel normal, recurriendo a caminatas, a cortar leña, a practicar algún deporte, a ordenar los estantes, o a postergar tus sentimientos.
4. Abandónalo, al darte cuenta de que tu enojo no vale la pena si tomas en cuenta su costo en estrés, y en el daño que le causa a tu relación. No podemos cambiar lo que ya ocurrió, pero podemos decidir cómo vamos a reaccionar ante ello.

7. Confiesa tus faltas y pide perdón.
Cuando dos personas mantienen una relación muy íntima, inevitablemente se causarán heridas de vez en cuando. Cuando tu sabes que te equivocaste, admítelo y pide perdón. Incluso cuando creas que tu no eres el que ofendió, manifiesta tu pesar por el daño causado a la relación, y ofrece hacer todo lo posible para mitigar ese daño. “Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados” (Santiago 5:16). Esto es lo que hace la gente que realmente se preocupa por los demás, para que la relación siga siendo amorosa y firme.
Y cuando alguien a quien amas confiesa su falta y te pide perdón, concédeselo ampliamente. No intentes pensar que lo debía hacer. Una vez que has perdonado a alguien, olvídate del asunto y no lo pongas sobre la mesa nunca más. El repaso de los agravios del pasado impide el desarrollo de la relación.

8. No insistas.

“Mejor es estar en un rincón del terrado, que con una mujer rencillosa en casa espaciosa” (Proverbios 25:24). Si alguna vez trataste de sermonear a alguien, habrás descubierto que en esos casos tu interlocutor se pone a la defensiva. La gente no cambia porque a alguien se le ocurrió que debe cambiar. Lo hace cuando hay una motivación interior. Cecil Osborne sugiere que “no podemos cambiar a alguien, ya sea por acción franca y directa, o por medio de la manipulación”.4 “En la relación matrimonial, en lugar de atender primero nuestras necesidades, debemos tratar de satisfacer las necesidades del otro”.5 Si hay necesidad de cambios, una opción consiste en sentarse con la persona en cuestión, y en forma amable, usando las tres sugerencias del punto número dos sobre cómo usar los mensajes que tienen el pronombre “yo” como centro, pide ayuda y sugerencias sobre cómo lograr llevar a cabo la tarea o conseguir los cambios esperados. Si es una situación familiar, el consejo de familia es el lugar ideal para desarrollar este tipo de discusión.
9. Busca lo positivo.

Tal vez te molesten algunas conductas o rasgos de carácter de la otra persona. La tendencia humana natural es criticar. Es fácil culpar al otro por situaciones desagradables. Pero eso sencillamente no funciona. Tendemos a creer que al señalar las faltas del otro, nos agradecerá por la ayuda que le estamos dando y se reformará. En todo caso, lo que casi siempre sucede es que la persona criticada se pone a la defensiva y se encierra más en el problema. No es de ayuda para la relación el culpar al otro. En cambio, la gente crece cuando se la confirma en lo que está haciendo bien.
Localiza los aspectos más firmes del carácter de quien tu amas y contribuye a afirmarlos aún más. Las relaciones familiares crecen cuando le decimos a nuestros cónyuges, los niños o cualquier otro miembro de la familia, porqué los amamos y cuán valiosos son para nosotros. Cuando se dan cuenta que se los valora, actúan de manera valoráble.
Elena White comenta sobre la manera en que Jesús miraba lo positivo en los demás. “En cada ser humano discernía posibilidades infinitas. Veía a los hombres según podrían ser transfigurados por su gracia…Al miraros con esperanza, inspiraba esperanza. Al saludarlos con confianza, inspiraba confianza . . . En su presencia, las almas despreciadas y caídas se percataban de que aún eran seres humanos, y anhelaban demostrar que eran dignas de su consideración. En más de un corazón que parecía muerto a todas las cosas santas, se despertaban nuevos impulsos. A más de un desesperado se presentó la posibilidad de una nueva vida”.6

10. Reconoce que la persona a quien tú amas tiene derecho a ser diferente que tú.
Dios valora la diversidad. La vemos en toda la creación. No hay dos personas o dos copos de nieve que sean iguales. No todos deben ser como nosotros. Aunque somos uno, como marido y esposa o como familia, aún así cada uno es único y diferente. Si valoramos esas diferencias, podemos ampliar nuestra experiencia y aprender a crecer. Donde la diversidad es respetada y la individualidad es afirmada el amor florecerá.
Repasa estos diez puntos y señala aquél o aquellos donde te gustaría mejorar. Con la ayuda de Dios, ello contribuirá a producir un esfuerzo combinado para desarrollar y lograr nuevas o mejores maneras de comunicación con quienes son importantes para ti. Los psicólogos dicen que lleva alrededor de treinta días crear un nuevo hábito. Piénsalo: en sólo un mes puedes desarrollar nuevos, y esos viejos hábitos desaparecerán por falta de uso.

Roger I. Dudley (Ed.D., Andrews University) es profesor emérito de ministerio pastoral en el Seminario Teológico Adventista de la Universidad Andrews. Margaret “Peggy” Dudley (Ph.D.), tiene licencia de psicóloga profesional. Ambos han permanecido casados por cincuenta años. Su segundo libro sobre matrimonio se titula Intimate Glimpses: 29 Couples Share the Secrets of a Happy Marriage. La obra se encuentra en proceso de publicación en Review & Herald, y estará a disposición del público en 2003.

Notas y Referencias:

1. Las diez guías mencionadas fueron adaptadas de H. Norman Wright, Communication: The Key to Your Marriage (Glendale, Calif.: Regal, 1974), pp. 188, 189, pero el material es en gran medida nuestro.
2. Ruth Graham, It’s My Turn (Old Tappan, N.J.: Fleming H. Revell, 1982), p. 67.
3. Bruce Larson, No Longer Strangers (Dallas: Word Books, 1971), p. 67.
4. Cecil Osborne, Understanding Your Mate (Grand Rapids, Mich.: Zondervan, 1970), p. 109.
5. Ibid., p. 141.
6. Elena G. White, La educación (Buenos Aires, Argentina: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1974), pp. 75-76.

21 de enero de 2013

¿Tienes valor o tienes precio?


Por Hector Teme
Una famosa tarjeta de crédito basa toda su publicidad en diferentes situaciones que no tienen precio, momentos inolvidables, donde las personas son una posibilidad para el otro, y donde los valores básicos son la fuente de la vida. Y dice: “hay ciertas cosas en la vida que no se pueden comprar, para el resto tenemos…” y mencionan la tarjeta.
La pregunta de esta semana es: ¿Soy de aquellas personas que vivo mi vida alimentando mis valores o que puedo ser comprado por cualquiera o cualquier situación? ¿Tienes valor o tienes precio? ¿Estoy alimentando mi vida de valor o solo busco tener aquello que puedo comprar o tiene precio?


Reflexionemos con valor…

En un tiempo del mundo donde la gran mayoría de los pensamientos que circulan por nuestra mente tienen que ver con precios e intercambio de cosas que con los valores de una vida íntegra. Donde todo tiene precio. Un mundo donde ves constantemente personas cambiar de opinión por dinero o por una posición.
Sé que rápidamente podrás chequear en diferentes dominios donde estás siendo “Valores” y donde estas teniendo “Un precio”.

El Ejemplo supremo de valor
Jesucristo fue tentado en el desierto por el adversario que intentó comprarlo por todos los medios. Le ofreció todo tipo de lujos, hasta que en un momento le ofreció todos los reinos de la tierra.
Lamentablemente conocemos hombres que solo por un lugarcito en el más minúsculo reino existente venderían su alma.
Sin embargo, Jesús, en todo momento contestó “Escrito Está”.
El había depositado su fé, su vida, su confianza, en la sagrada Palabra de Dios. ¿Ante la primer situación donde se te ofrece comprarte, estás dispuesto a decir “Escrito Está” o solo buscas negociar el mejor precio cueste lo que cueste y a pesar de todo? ¿Le has dedicado el suficiente tiempo a alimentar tu mente y alma con las escrituras como para no ser simplemente una mercancía fácilmente comprable?

Jesús transfirió su ejemplo de principios y valores

En un momento de la historia de la humanidad Jesús envió a 70 hombres que dejaban todo para ir a predicar el mensaje. Se acercó un joven que deseaba seguirlo, pero su precio era mayor que su valor. “Deja todo lo que tienes y sígueme”, dicen las escrituras que le dijo Jesús.
Lo estaba invitando a poner primero lo primero, a que nada ni nadie sea mas importante que su relación con Dios, a no poder ser comprado por las cosas de este mundo.
Pero él se fue triste porque tenía muchas posesiones. Todos sabemos que el no tenía posesiones sino que las posesiones lo tenían a él. Y su precio desde esta perspectiva era fácil de averiguar.
Hay personas que están mas comprometidas con el intercambio, con tener, con poseer. Otros están dispuestos a amar, a dar, a ser una posibilidad. Todo recipiente de agua que tiene entrada y no tiene salida se pudre. Igual con aquellos que solo quieren recibir y tener.

Una historia de valores y precios
Cuentan las escrituras acerca de un hombre que llegó a la edad de veinticinco años a ser Rey. Una edad en donde todavía una persona no tiene suficiente experiencia pero si mucho ímpetu.
Su nombre era Amasías.
El reinó sobre Jerusalén y el trono de Judá. Estaba en guerra con sus vecinos así que decidió censar al pueblo y ver los que estaban listos para la guerra. Contó trescientos mil hombres listos pero no preparados como para ganar de manera contundente. Fue en ese instante que decidió contratar a cien mil guerreros valiente de Israel. Todos ellos muy profesionales pero con muy pocos principios. Valientes pero no de valor. Pago por los servicios de este ejército tres mil trescientos kilos de plata, toda una fortuna.
Pero un hombre de Dios fue a verlo y le dijo: Su Majestad, no permita que el ejército de Israel vaya con usted, porque el Señor no está con esos efraimitas. Si usted va con ellos, Dios lo derribará en la cara misma de sus enemigos aunque luche valerosamente, porque Dios tiene poder para ayudar y poder para derribar. (2 crónicas 25:7,8 NVI). Inmediatamente el le preguntó: ¿Qué va a pasar con los tres mil trescientos kilos de plata que pagué al ejército de Israel? A lo que el hombre de Dios dijo: El Señor puede darle a usted mucho más que eso.

A veces estamos tan preocupados por el dinero que solo observamos la vida y nuestras decisiones a través de el. Pero siempre la respuesta es que si te armas de valor y confías en Dios, el puede darte mucho mas que todo el dinero que pensaste.
Entonces Amasías dio de baja a las tropas israelitas que habían llegado de Efraín, y las hizo regresar a su país.
Armándose de valor, Amasías guió al ejército hasta el valle de la Sal, donde mató a diez mil hombres de Seír. El ejército de Judá capturó vivos a otros diez mil. A éstos los hicieron subir a la cima de una roca, y desde allí los despeñaron. Todos murieron destrozados.(2 crónicas 25.11-12 NVI)

Podemos ser hombres y mujeres de valor y con valores

Amasías no tuvo precio en esta situación. Confió en Dios y se armó de valor. Imitemos a Amasias esta semana. Y que todo aquello que nos intenta cambiar la paz, todo aquello que quiere atacarnos, todo aquello que quiera comprarnos a costa de nuestros valores, sea despeñado desde la cima de mi confianza en El Todopoderoso.
En un mundo donde todo tiene precio podemos elegir ser hombres y mujeres de valor sabiendo que Dios es mas grande que toda posesión. Vivir una semana a su lado es mas grande que mil semanas alejados de El.

14 de enero de 2013

La libertad que otorga el perdón




Si usted es como muchas personas, a quienes les gustaría liberarse de las ofensas del pasado, pero que aún cargan recuerdos amargos o sentimientos fuertes hacia aquellos que han sido injustos con usted; Escuche esto: No es imposible el perdón incluso de las peores ofensas que haya sufrido, usted puede encontrar la libertad del pasado y tener la paz que viene de Dios, aprendiendo a perdonar realmente de corazón. El perdón es más fácil de entender en un proceso de cinco pasos.
Admitir el dolor.
Las ofensas siempre causan dolor; nuestro orgullo nos hace negarlo. Algunas personas toman la siguiente actitud, “¿A quién le importa? ¡No significas nada para mí, no me puedes herir!” Eso nos aísla del agudo dolor del momento, pero permite que el agente infeccioso del resentimiento, como lo hace una bacteria tóxica, ingrese a nuestra alma infectándola y creando una enfermedad espiritual llamada amargura. Tal condición gradualmente nos aparta de otros e incluso de Dios.
El negar el dolor evita que iniciemos el camino del perdón. Pero el grado del dolor requerido en este ejercicio es soportable. Su experimentación honesta y lo suficientemente prolongada para permitir entender la naturaleza exacta de la ofensa es realmente el comienzo de la cura.

Trabajar con los sentimientos confusos.
Cuando se ha producido una ofensa, a menudo necesitamos ordenar claramente y cuidadosamente las responsabilidades en un incidente en particular.
Al igual que los niños, creemos que el mundo gira en torno a nosotros. Si bien esta tendencia es más fuerte en nuestros años de formación, siempre persiste de alguna manera en la vida adulta. Cuando ocurren eventos traumáticos, los niños creen mayormente que es su culpa. (“Si yo no hubiese hecho enojar a Papá, él no hubiera sufrido un ataque cardiaco y no habría muerto.”)
Como adultos necesitamos desarrollar un terreno firme dentro de nosotros mismos – fijar barreras y defenderlas cuando los límites son violados.

Buscar información.
Una vez que estamos claros de quién es el responsable y de qué es responsable, el próximo paso es descubrir porqué el ofensor nos hirió. Esto evita que nosotros pensemos insistentemente en un solo propósito que es cómo se nos hirió o de cómo queremos ver que la otra persona sea castigada. Si es apropiado podríamos preguntar a los amigos o miembros de la familia para obtener información. O podemos utilizar nuestra imaginación y colocarnos nosotros mismos en el lugar del ofensor.
Lo que no debemos hacer es buscar una excusa. Ningún razonamiento puede excusar, por ejemplo, los crímenes contra la humanidad tales como tortura, violación, extorsión, chantaje, homicidio etc. Pero el reunir información es importante. Así, cualquier desición que tomemos será el resultado de la evaluación equilibrada de todos los elementos existentes.
Considere la experiencia de Anita. Su marido tubo un romance con una mujer emocionalmente perturbada. El finalmente terminó la relación y trató de reparar el daño que le había hecho a Anita a quien aún amaba. Sin embargo, Anita no pudo perdonar a su marido o a la otra mujer. Estuvo mal que él tuviera ese romance – pero elegir a esa miserable, infeliz y maltratada mujer agregaba insulto al dolor.
Sin sospecharlo, Anita conoció un poco acerca de la historia de la otra mujer. Esta otra mujer, cuando era niña, habitualmente era puesta doblada y desnuda sobre la tina de baño mientras su padre la golpeaba con una correa hasta que la sangre corría por sus piernas. Cuando Anita escuchó esa historia, las lágrimas corrieron por sus mejillas. Cualquier niño criado por un padre criminalmente abusivo podría terminar seduciendo hombres en una búsqueda desesperada por amor. Esta información también le dio credibilidad a la historia de su marido quien primero se había hecho amigo de la mujer porque le daba pena, y luego se sintió conmovido hacia esta “alma herida”… Finalmente se confundieron las líneas entre el afecto y la relación sexual. Posteriores búsquedas de hechos enterrados en la vida de su marido explicaban su vulnerabilidad a tales extrañas relaciones.

No sucedió de la noche a la mañana, pero mientras Anita más entendía los hechos, más le era posible liberarse de la rabia y el dolor, hasta que finalmente pudo realmente perdonar y orar sinceramente por esa mujer. El entender los factores envueltos no significaban que ella perdonaba el romance. Ahora se tenía que trabajar mucho para sanar el pasado de su esposo y así evitar futuras ofensas. Sin embargo, para Anita, el proceso de restauración la llevó a un paso adelante cuando se supo la verdad

Permitir que la información se conozca.

Una vez que los hechos están claros, podríamos imaginar que el perdón ocurre automáticamente. Sin embargo, con mucha frecuencia, nuestra humanidad se atraviesa en el camino. Nuestros impulsos de autodefensa y venganza pueden lanzarnos en la autocompasión, amargura y rabia.
Es heroico movernos más allá de nuestro propio dolor para comprender lo que impide que digamos, “Te perdono”.
Los abusos más extremos inimaginables fueron perpetrados a Linda y a otros presos en un campo de concentración Nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Un par de meses más tarde la guerra había terminado y Linda viajaba por Alemania predicando en las iglesias acerca del amor de Dios y del perdón, aunque en su interior ella sabía que sus palabras no eran sólidas.
Después de predicar en una iglesia en Munich, se le acercó un hombre a quien ella reconoció como su antiguo carcelero (verdugo), un hombre particularmente cruel. Ahora él reflejaba un semblante de humanidad y sonreía radiante al hablar de su nueva fe en Dios. Mientras miraba a Linda a los ojos tomó su mano, “Fraulen, dijo, si usted me puede perdonar, entonces sabré que lo que predica es verdad – que Dios me perdona”.

Sostenida por un terrible conflicto, Linda quería voltear o golpearlo, en su mente podía ver a su padre y a su hermana quienes habían sido acecinadas por los Nazis; había querido perdonar a los responsables y este momento la llevó a su interior y al porqué había estado solo hablando vacíamente acerca del perdón; a diario revivía el horror del campo de concentración.
Linda también comprendió que continuaría siendo atrapada por los viejos sentimientos y recuerdos si no se movía más allá de ellos. Esta era su oportunidad, pero ¿Podría hacerlo?
Su brazo permaneció petrificado a su lado mientras el hombre permanecía con los brazos abiertos, a medida que el hombre la miraba, Linda oró pidiendo fuerzas las cuales no encontraría en ella misma, entregando su voluntad a Dios, incapaz de cambiarlo por ella misma, fríamente ella levantó su mano y apretó la mano de su antiguo enemigo.
“En ese momento,” mas tarde escribió, “algo milagroso pasó. Una corriente parecía haber pasado de mí hacia él, mientras mi corazón se inundaba de amor por este extraño que casi me había destruido.”
El perdón es un regalo de la gracia de Dios. Linda lo describió – la sanidad de un corazón, es la libertad de otro – es un milagro real.

Elegir renunciar al asunto por completo.
Fue interesante que yo (Wendy) en una clase de psiquiatría aprendí a renunciar. En la clase se discutía cómo deshacerse de las tragedias pasadas y los traumas que producían daño y cicatrices. Un hombre, Antonio, había estado llorando incesantemente, obviamente reviviendo algunas penas de su vida. “Antonio” dijo el profesor, “quiero que tomes ese pañuelo y lo aprietes fuertemente con tu mano”. Después de un largo silencio, dijo, “Ahora, déjalo caer”. El arrugado pañuelo yacía en el piso.
En un momento, Antonio se agachó para recoger el pañuelo, pero otro estudiante lo miró y dijo que esta era la manera que todos tratamos de “recoger nuestras cargas nuevamente”. “Con una sonrisa ahora, Antonio dejó el pañuelo allí.
Todos vimos que es nuestra elección – un acto de nuestra propia voluntad – que nos liberta de cargas del pasado.

Parece que los seres humanos siempre han tenido problemas con la idea de perdonar a alguien que los ha ofendido. No es natural para nosotros. Pero Jesucristo, el maestro del perdón, vino a mostrarnos una nueva manera, una forma sobrenatural, para vivir. Él nos enseña de como adoptar nuevas actitudes del corazón que nos ayuda a vivir “por sobre” nuestros impulsos naturales. Usted también puede ser sanado y liberado de la misma manera como aprende a caminar el maravilloso camino del perdón. Los regalos de la plenitud personal en Jesucristo pueden ser suyos, incluso cuando usted piensa que el perdón es imposible. La pregunta es, ¿Está usted dispuesto a comenzar?

7 de enero de 2013

¿Porqué las mujeres necesitan más atención romántica (conversación) que los hombres?


Después de habernos casado, nosotros los hombres nos quedamos sorprendidos de que nuestras esposas no son los seres sedientos de sexo en la cocina, en la sala, en el baño y en la cama como parecen indicar las películas, las telenovelas y una gran cantidad de medios adicionales. A menudo se nos presenta a la mujer como un instrumento sexual sediente… pero al pasar el tiempo, ¡una vez casados, la sorpresa es grande!
En realidad, el sexo tiene mucho mayor importancia para los hombres que para las mujeres. Las mujeres se preocupan más que sus esposos por colmar estas necesidades emocionales.

Una porción desconocida de esa necesidad romántica en la mujer tiene posible relación con influencias genéticas producidas por el hipotálamo en el cerebro. Otras de esas características, tal vez deriven de diferentes experiencias infantiles entre niños y niñas. La orientación completa de nuestra sociedad, enfatiza a nuestras niñas el sentimiento romántico. Comienza desde los años preescolares, con cuentos fantásticos, como el de la Cenicienta deslumbrando a la multitud, la princesita de irresistible encanto, o la Bella Durmiente esperando que el tierno beso de su amado la despierte de su sueño.
Mientras que los niños pequeños se identifican con los ídolos del fútbol y juegan a los «pistoleros», sus hermanitas se distraen con las muñecas y asumiendo otros papeles que señalan hacia su relación con el sexo opuesto. Más adelante, la típica chica de secundaria, pasará mucho más tiempo soñando despierta con el matrimonio, que su contraparte masculina. Él también piensa en el sexo, de eso estamos seguros, pero ella lo ve a través de los lentes del amor. Así, comprará y leerá revistas y novelas románticas, ¡pero él no! De esta manera, hombres y mujeres llegan al matrimonio con una perspectiva diferente, no sólo en lo que se refiere al pasado, sino también en relación con futuro.
¿Por qué entonces, los hombres somos tan mal informados acerca de este aspecto de la conducta femenina y de su naturaleza? Ellos nunca fueron informados. Por cientos de años se ha aconsejado a la mujer que conozca las necesidades sexuales, y todo lo que tiene que ver con su marido. Cada mujer viva sabe que el apetito sexual masculino demanda su gratificación de una manera u otra. Lo que quiero decir, es que la satisfacción de las necesidades emocionales femeninas es tan imperiosa y urgente, como las exigencias psicológicas de gratificación sexual en el hombre. ¡Y si se descuida a las dos, luego hay que pagar un precio muy alto! Y es tan desafortunado que un hombre ignore las necesidades emocionales de su esposa, como que una mujer desconozca el apetito sexual de su marido.
Para mi esposa, una hora de mi tiempo, sentado en el sofá hablando sobre una conversación que ella tuvo con una amiga sobre los niños de una vecina a quien no conocemos ningunos de los dos, tiene mucha importancia. A la mujer le gusta que el hombre le dé su atención. Que la escuche. Que le mire atento y quizás, más luego, el esposo reciba a una mujer ansiosa de entregarse por entero a su amado esposo quien no la ve como un simple instrumento sexual, sino como una persona, una compañera, una amiga a quien escucha atento y quien se preocupa por sus problemas serios así como por sus trivialidades.
Ok, permítanme parafrasear eso en palabras sencillas (¡para los varones!): Su esposa es más vulnerable a su aprecio y amabilidad que lo que usted se ha imaginado hasta ahora. Y no hay nada que pueda edificar más efectivamente su estima personal que el hecho de saber que usted la respeta y valora como persona; que a usted le interesan sus pequeños detalles. Y nada destruirá más su propia dignidad que sentirse ridiculizada o rechazada por usted. Si todavía tiene alguna duda al respecto, le invito a realizar el siguiente experimento:
Mañana por la mañana, en la mesa del desayuno, dígale a sus hijos en forma espontánea, cuán afortunados son ellos al tener una mamá como la que Dios les ha dado. Sin dirigirse a ella directamente, dígale qué duro debe trabajar la madre para mantener todo limpio y a la familia bien alimentada. Incluya estas palabras en forma casual en medio de la conversación mientras ella prepara el desayuno. La forma como su esposa reaccione, le dará a usted una invaluable percepción de su mundo interior. Si se asusta y quema el desayuno, significa que usted ha tardado demasiado tiempo en decirle palabras de estímulo. Si desdibuja una pícara sonrisa y le dice que usted está atrasado para tomar el tren de las 8,05, entonces verá cuán rápidamente se curará del «dolor de cabeza» que siempre tiene a la hora de acostarse. Pero si no responde al comentario, usted debe reconocer que ella se encuentra en una situación crítica. Y que sólo podrá ser restaurada llevándola de viaje por un fin de semana a un hermoso hotelito, con flores, bombones y una carta de amor esperándola al llegar allí. ¿Cuándo fue la última vez que usted dirigió palabras de estímulo a su esposa?

1 de enero de 2013

En el inicio del Año



Un año se inicia y con él nuevos propósitos en distintas áreas de nuestra vida. Nos planteamos hacer deporte, leer más, ser mejores estudiantes… Pareciera que el ser humano necesita del punto de apoyo que supone una fecha, un inicio en el calendario. Es como ponerse en la línea de salida, concentrarse y disponerse a salir lo más rápida y efectivamente posible. Pero lo cierto es que, si no hemos entrenado, descansado, si no nos hemos alimentado bien, si no hemos controlado nuestro peso… no servirá de mucho poner nuestro pie en la línea de salida. Probablemente unos metros más allá nos encontremos con la cruda realidad: nos faltará el aliento, acusaremos el sobrepeso, y el agotamiento prematuro nos hará detenernos sin resuello. ¡Qué frustración!
En el área de nuestras familias, podemos plantearnos también nuevos objetivos: compartir más horas y de más calidad con nuestro cónyuge y con nuestros hijos, hacer deporte juntos, compartir más juegos y más recuerdos. Podemos decidir también, aprovechando el inicio del año, que controlaremos mejor los programas de televisión y que fomentaremos la buena lectura, e incluso que visitaremos más a nuestros familiares. Puede ser que nos aseguremos a nosotros mismos que vamos a poner “cada cosa en su sitio” en lo que se refiere al valor que le concedemos a lo que nos rodea, y entendemos que es importante que, por fin, salgamos de la espiral en la que nos vemos sumidos.
Tenemos en nuestras manos una columna de un periódico, El País, en el que Rosa Cullell compartía lo siguiente: “Después de un montón de años de investigación, en California han concretado los ocho peldaños del camino de la satisfacción personal. Resulta, como ya sabíamos, que el dinero no da la felicidad; la salud, cuando la tienes, no parece suficiente, y el amor ayuda, aunque tiene altibajos y no es del todo fiable. El factor imprescindible para ser feliz es tener familia, de las que se llaman y celebran las fiestas juntos, y amigos, cuántos más mejor”.
Estas palabras, resultado de “años de investigación” y que confirman lo que habría podido expresar el sentido común de cualquier persona capaz de sentir alegría y tristeza, satisfacción y vacío -como viene a plantear la autora de la columna mencionada- nos confirman que nuestros deseos para el nuevo año van bien encaminados.
Sin embargo, hasta aquí sólo habremos demostrado que nuestras aspiraciones son buenas, y también que hemos entendido que lo importante no es lo que tantas veces nos “come” el tiempo. Pero, ¿qué hará que nos quedemos “sin resuello” tan sólo unos metros más allá de la línea de salida, tan sólo unas fechas más adelante en el calendario?
Hay algo que es más poderoso que el razonamiento, que la más intensa emoción, que el más profundo sentimiento. Tiene la capacidad de ordenar los valores, ubicar los objetivos, hacerlos realistas y alcanzables, proporcionar la constancia necesaria…y finalmente darnos la victoria. Se trata de un contacto, una relación, una comunión: “sin mí nada podéis”, dijo Jesús. Sólo hay esperanza si como familias, nos planteamos ir a Dios, buscando “primeramente”, para poder recibir “por añadidura” (Mt. 6:33) Sólo “madrugando para buscarle” (Pr. 8:17), y hallándole, en el día, la semana…o el año, sucederá que la línea de salida será dejada atrás y se alcanzará la línea de meta. Y entonces el “nada”, se puede convertir en “todo…lo puedo en Cristo”, incluso que mi hogar sea más hogar, mis hijos más felices, y mi matrimonio más bonito y sólido.
Dios te bendiga querido amigo. Feliz Año 2013...