Radio Amishar

25 de marzo de 2013

Cuando Cristo llega al hogar


Lucas 19:5
“Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba, le vio, y le dijo: “Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa.”
Hoy quiero compartir con usted, que es lo que ocurre “cuando Cristo llega al hogar” , pero antes permítame hacer una oración al Señor:
“Señor en esta noche, pensamos en nuestros hogares. Pensamos en aquellos con los cuales pasamos la mayor parte de nuestro tiempo, pensamos en aquellos con los cuales convivimos, pensamos en aquellos a los que amamos con todo nuestro corazón. Pensamos en ellos, Señor, con esperanza y con fe, sabiendo que tú tienes un plan para bendecirles.
Pensamos Señor en el estado de nuestro hogar, en la atmósfera diaria en la que nosotros nos movemos y vivimos. Pensamos en nuestra comunión, en nuestra comunicación diaria. Y Señor te decimos en esta noche, que quisiéramos ver mayor bendición en nuestras casas, tener mayor paz en nuestro hogar, tener un clima de gozo de alegría, de esperanza y de fe. Tú eres testigo de nuestras oraciones, y aún de nuestras lágrimas, por ver una transformación en nuestros hogares. Háblanos hoy al corazón. Te lo pedimos en el nombre de Jesús. Amén.”

Cuando Jesús llega al hogar, algo sucede. Cuando nuestra visita es Jesucristo, todo cambia. Las palabras de Jesús, el amor de Jesús, el tremendo poder que irradia Jesús, al entrar en nuestras casa, la bendice y transforma. Esto es lo que sucedió con Zaqueo, aquel recaudador de impuestos y usurero que, siendo judío, servía al imperio romano. Este hombre de corazón duro, avaro y sin escrúpulos, fue alcanzado por el amor del Salvador y desde aquel día, todo cambió para él. Escuchemos ahora sus palabras. Son las palabras de un hombre verdaderamente arrepentido:
“Entonces Zaqueo, puesto en pie dijo al Señor: He aquí Señor la mitad de mis bienes doy a los pobres y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado”.
¿Qué hizo Zaqueo al ver su pecado? Dio la mitad de lo que tenía, pues su fortuna había sido hecha con el hambre y la opresión de sus “hermanos” judíos.
Cuando Dios llega al corazón del hombre, éste percibe su verdadera condición espiritual. Se da cuenta que ha vivido egoístamente, y que ha tenido en menos a su prójimo. Éste es uno de nuestros pecados más grandes. Nos elevamos por sobre los demás, menospreciándolos, olvidamos que somos hermanos, que Dios nos ha puesto para compartir la vida y ayudarnos mutuamente. Zaqueo no conocía la palabra “solidaridad”. Él se amaba a sí mismo, olvidaba que Dios era el Señor de su vida. Que en las manos de Dios estaba su salud, su tiempo, su dinero.
Ahora bien, para que un hombre como Zaqueo tome tal decisión, tiene que haber sido tocado por un amor y un poder muy grandes. ¡Ése es el poder y el amor de Jesús! Cuando el Señor llega a un corazón, ese corazón es derretido. Observe lo que dice nuestro texto de hoy: “…y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado” . ¿Cuánto está dispuesto a devolver? ¡Cuadruplicado! ¡Ah, qué maravilla, que milagro! ¿Jesús le convenció de su pecado! Jesús le convenció, de que todo este dinero que él había amasado ilegalmente, en usura, tenía que ser entregado a los pobres. ¿No es esto un verdadero milagro? ¿No es un milagro que un hombre se confiese pecador, se arrepienta de sus pecados y determine un nuevo camino para su vida? ¡Oh, gloria a Dios por Jesucristo! Zaqueo, entonces, hizo restitución de su robo a cada uno.
¡Hay poder en Cristo! Y Él, esta noche, puede entrar en tu corazón y también en tu hogar, y si Él entra, amigo, tus ojos verán cosas grandes y maravillosas. Tú dices: -”Es imposible que Jesús pueda convencer a mi esposa…” “Es imposible que Jesús pueda convencer a mi esposo…” Pero si Jesús pudo convencer a Zaqueo, que entregara la mitad de sus bienes y devolviera cuadruplicado lo que había robado, ¿te parece que no podrá convencer a tu esposa, a tu esposo, o a tu hijo de que necesitan un cambio para sus vidas? ¿Podrá hacer cambios en tu hogar Jesucristo?
Cuando Cristo llega al hogar, todo es transformado.
¡Señor, transforma mi familia esta noche!
Hermano, quiero leerte ahora lo que encontré en un diccionario:
¿Qué es la familia? : -”La familia es la comunidad primaria de la raza humana. La idea de familia es anterior a la idea de Aldea, de Pueblo y de Nación.” No hay aldea, no hay pueblo, no hay nación, si primero no hay FAMILIA”.

Esta célula primaria de la sociedad humana, fue creada DIOS.
Dios creó a la familia y como tal es el ÚNICO que tiene autoridad para decir para que exista la familia y cómo debe funcionar. Mire que clarito: Dios creó a la familia. ¿Cuándo creó a la familia? En el principio, cuando dijo: -”Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer”.
Dios, entonces, es el único, que tiene principios claros, que tiene autoridad y derechos para decir para qué sirve la familia y cómo debe funcionar.
¿Cuál es la situación actual de la familia?
En nuestros días las encuestas nos dan índices altísimos de divorcios, de problemas familiares, de delincuencia juvenil, de chicos que no quieren estudiar, que no quieren capacitarse, de vagos que andan sueltos, y una agresividad muy grande. ¿Sabe lo que dicen los sociólogos? Hablan de un re-acomodamiento familiar. Matrimonios legales e “ilegales”. Nuevas formas aparecen: “los juntaos”, “los arrimaos”, los “matrimonios” de un mismo sexo, etc. Las formas familiares van cambiando (según ellos). ¿Qué es el bien y qué, el mal? Todo es relativo. Todos tenemos razón. Todos podemos dar vida a nuestros dioses. Dios puede ser todo y no ser nada. Bajo ésta “claridad” de conceptos y de principios se está fundando la sociedad del tercer milenio…
Nosotros sabemos que no hay educación ni esfuerzo humano que pueda brindar al hombre una nueva vida. Las nuevas comunidades caerán en los mismos errores que las anteriores. La Biblia nos enseña que lo moralmente bueno no pertenece al hombre, sino a Dios. La familia debe volver a Dios. El Hombre debe volver a Dios. Debe establecer principios de convivencia bíblicos, normas que salgan del corazón del Creador. Quien pensó el universo, quién diseñó el corazón y el alma humanos; ¿no sabrá cómo hemos de vivir? ¿No sabrá aconsejar a sus criaturas?
Pero, volvamos a nuestra historia.
Allí está Jesús, en casa de Zaqueo. Una nueva luz viene sobre aquel miserable. Ahora ve. Ahora entiende. Ahora conoce. Por primera vez observa el mal que ha cometido. Una serie infinita de imágenes pasan por su mente. Ahora ve el dolor de sus oprimidos. Ahora entiende que ha hecho de continuo el mal. ¡Zaqueo! ¡Date prisa! ¡Es necesario que pose yo en tu casa!” Querido amigo, ¿no oyes la voz de Jesús? ¡Date prisa! El tiempo pasa. ¡Date prisa! La vida vuela. ¡Date prisa!
Hoy es el día de tu salvación…
¡Sí!, cuando Cristo llega al hogar, todo cambia. Cuando Cristo llega al hogar, todo es transformado. Sin Él, no hay elección posible. Sin Cristo no puedes dejar los vicios, ni el pecado, ni la forma de vida equivocada. Aunque te lo propongas y digas: “Yo sé que mañana la cosa cambiará…”, pero mañana tu carne te dirá que eres débil y que es imposible. Pero con Cristo TODO ES POSIBLE. Él nos ofrece otra clase de vida.
¿Qué es entonces lo necesario… ¡¡Qué Cristo entre en tu casa!! ¡¡Qué Cristo entre en tu hogar!! ¡¡Qué Cristo entre en tu corazón!! Porque sin Cristo es imposible la felicidad para el hombre.
Ahora bien, para que Él entre, es necesario que salga el diablo. -”¿De qué manera…?” Recibiendo a Cristo. Cuando Cristo viene a tu corazón, Satanás debe irse.

Ahora señalaré brevemente, 3 cosas que ocurren cuando Cristo entra al hogar:
Lo primero que cambia en el hogar, son las prioridades.
Cuando Cristo entra en el hogar, cambian las prioridades. Dios primero; su palabra primero; la vida eterna primero. Todo gira en torno a Cristo Jesús.”Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33)
¡Esa es una verdadera conversión! El hombre que vivía siendo su propia prioridad, ahora rinde culto primero a Dios. Antes todo giraba en torno a él, ahora todo gira en torno a Dios. La decisiones a tomar, ahora son consultadas primero con Dios. El consejo a los hijos ahora está conforme al pensamiento de Dios. Ya nada es hecho por capricho o conforme al instinto propio. El hombre nuevo dice a Dios como en el “Padrenuestro”: “Hágase tu voluntad” El siempre se pregunta: “¿Qué haría el Señor en mi lugar…?”

¿Qué cambia, entonces, cuándo Jesucristo entra al hogar? LAS PRIORIDADES EN LA VIDA.
Lo segundo que cambia, son los sentimientos.
Lo que tú sentías en tu corazón, ahora ha cambiado, ha sido transformado. La tristeza, cambió; ahora hay, alegría, hay gozo. ¿Estas experimentando esto? El temor ha sido desechado, y viene la fe. Antes nos doblábamos como una hoja ante el soplido del viento; pero ahora confiamos en Dios. El temor se fue y ha llegado la fe.
Miedo a la muerte. Miedo a las fuerzas del mal. Miedo al futuro. Quien tiene a Cristo en su corazón ya no teme. Su vida descansa plenamente en Dios. ¡Gloria a su Nombre!! La desesperanza se fue, y ahora las cosas cambian porque el Señor está con nosotros. Uno se va a acostar y abre La Biblia, que siempre se tiene cerca, y la lee, y la medita, y la cree. Luego de un rato, se da vuelta y se duerme. El sueño se ha transformado ahora en un verdadero descanso del alma y del cuerpo. Nada le sobresalta, ya no hay pesadillas que angustien pues “A su amado dará Dios el sueño”. Ahora hay esperanza. Antes no podía dormir, tenía insomnio, y daba vueltas para acá, para allá, para acá, para allá…Se levantaba al otro día, y seguía preocupado. La vida se le escurría, se le iba perdiendo de a poco.
¡Hermano..! ¡Cristo cambia nuestros sentimientos! ¡El odio se va, la blasfemia se va, los gritos se van, las raíces de amargura son arrancadas por el poder de Dios!. Ahora hay amor, ahora hay verdadero amor.
Cuando Cristo entra al hogar, cambian también las actitudes, para con Dios y para con los hombres.
Cuando Cristo llega al hogar lo revive, lo realza, le da nivel de vida. Le da el nivel de vida que tuvo Jesucristo.
Cristo te cambia por fuera y por dentro.
Hermano, esto ha ocurrido contigo. Cuando Cristo entra al hogar todo es transformado. La vida se vuelve un desafío glorioso de superación y de servicio. La actitud de un verdadero cristiano es la de un conquistador de vida. ¿Qué hace el hombre ahora que tiene a Cristo? Tiene metas más altas que las que tenía antes en su egoísmo. Antes quería ser el más rico de la cuadra para que los demás se admiraran de él y le tuvieran envidia. Ahora tiene metas mayores. Tiene metas de superación, para crecer y ser mejor, cada día. ¿Para qué?- Para servir. Quiere más para dar más.
¡Oh! Maravilloso hogar.. Donde las aguas de bendición fluyen, donde las aguas de prosperidad fluyen, donde las aguas de la superación personal fluyen, donde las aguas del amor a Dios y a los hombres, fluyen como un manantial.

“Señor, yo quiero que vengas a mi hogar”.
Querido amigo, si lo invitas, Cristo vivirá en tu casa todos los días. Cuando estés en dificultades, Cristo estará allí. Cuando estés lleno de gozo, Cristo estará allí. Él estará dispuesto a compartir contigo los momentos tristes y los momentos alegres, y estará para modificarlos y traer quietud a tu corazón.
¡Amigo! La palabra de Jesús a Zaqueo fue: “Es necesario que entre hoy en tu casa”
¿No le invitarás hoy mismo? Es necesario que Jesús entre a tu hogar, y todo lo llene de bendición. Yo quisiera guiarte ahora a extender esta invitación al Salvador.
Lo primero que debes hacer es reconocer tu pecado. Sí, decirle a Él que eres un pecador. Que te equivocaste de camino. Que te alejaste de Él cuando te llamaba. Que viviste en ignorancia todos estos años, pero que ahora comprendes tu situación realmente. Decirle a Jesús que soy pecador.
Luego será necesario pedirle perdón. Él quiere perdonarte. Él está dispuesto a entrar en tu corazón y en tu casa.
Finalmente, pídele que te salve de la condenación y la muerte. Deposita tu fe en Jesús.
Dice la Biblia:

“CREE EN EL SEÑOR JESUCRISTO Y SERÁS SALVO, TU Y TU CASA”.
Simplemente cree en el Salvador. Abre la puerta de tu corazón y de tu casa, y él entrará. Amen.

18 de marzo de 2013

La familia


familia-etapas
Irene Sánchez, Orientadora y Mediadora familiar
Según Garrido, “la familia es un grupo que tiene una estructura básica (padre-madre-hijo) habitando en un espacio durante diversos ciclos vitales que tiene como fin cumplir con funciones sexuales-reproductoras, económicas, socioeducativas y afectivas y que funciona como un sistema con sus propias reglas internas y abierta tanto a la familia extensa (abuelos, tíos, primos…) como a la comunidad”.
La familia es un sistema con unas reglas internas que suelen diferenciar a unas de otras. Así mismo es un sistema dinámico, puesto que va cambiando a medida que se van atravesando los diversos ciclos vitales. No es lo mismo cuando los hijos son pequeños que cuando son adolescentes; el sistema cambia cuando se van haciendo mayores los padres, o cuando los abuelos ancianos pasan a formar parte del mismo núcleo de convivencia. En la familia se dan una serie de interacciones de manera que lo que suceda a uno de sus miembros influye en el resto del sistema. La familia es un sistema especial con una historia, un pasado y una proyección de futuro. Este sistema no comienza cuando llegan los hijos, ni siquiera cuando una pareja comienza su proyecto de vida en común, pues cada miembro de la pareja tiene una historia que lleva como herencia al nuevo sistema.
Uno de los cambios producidos en el seno de la misma es el de los roles. Tradicionalmente, cada uno de los miembros de la familia tenía asignado un papel, papel que no era intercambiable y que se transfería de generación en generación. Esto se daba con tal rigidez que cualquier cambio era censurado socialmente y llevaba aparejado un desequilibrio familiar. Actualmente esta rigidez en la asignación de roles ha pasado al otro extremo teniendo como consecuencia en muchos casos una lucha de poder entre los padres y entre padres e hijos y una desorientación respecto a los roles y los límites internos del sistema, hechos éstos que no han dejado de afectar a las relaciones familiares y a la educación de los hijos.
Por otra parte, no sólo hemos pasado de la familia concebida como un clan a la familia nuclear (padres e hijos) sino que con frecuencia nos encontramos con familias monoparentales ya sea fruto de una separación, fallecimiento u otros motivos con una importante sobrecarga y frecuentes carencias.
La familia posee la capacidad de generar relaciones basadas en el afecto y la expresión libre de sentimientos, de determinar la posterior orientación social de sus miembros, convirtiéndose en la mejor red de protección social.
La familia ha de ser el núcleo donde se cubran junto con las necesidades más básicas de alimentación, vestido, etc., las necesidades psicológicas y emocionales necesarias para que la persona crezca en un clima de seguridad y confianza. Ha de ser el refugio donde la persona se conduzca sin la máscara social, tal como es, sabiendo que será aceptada con sus virtudes y sus defectos, con sus aciertos y sus equivocaciones, aceptada, valorada y querida por lo que es y no por su desempeño. Esto, que parece obvio y que está en la base del desarrollo armónico de la persona, es necesario tenerlo claro ahora más que nunca. Ello es así debido a que vivimos tiempos en los que desde niños nos vemos sometidos a la presión del individualismo, de la competitividad, donde se valora a la persona por lo que hace, por lo que tiene…
Las familias se ven sometidas a esta misma presión siendo interiorizados con frecuencia los patrones anteriores, con lo cual deja de ser esa burbuja que todo ser humano necesita, dejando de cubrir las necesidades psicológicas y emocionales. Cuando esto se produce las relaciones familiares se vuelven tensas, a veces se intentan compensar las carencias con elementos externos como pueden ser amistades, tóxicos o actividades peligrosas, hecho que dificulta aún más las relaciones, entrando en una dinámica que conlleva mayor sufrimiento y en ocasiones patologías psicológicas, problemas legales, adicciones…
Sin embargo, así como la familia puede tener un importante potencial desestructurador, también tiene una fuerte capacidad reparadora en la medida en que sus miembros se hacen conscientes de sus problemas, se retorna al reconocimiento y apoyo mutuo y se está dispuesto a buscar soluciones.
Como hemos comentado anteriormente, en la creación de un nuevo sistema familiar, ejerce una importante influencia la familia de origen de cada miembro de la pareja, aportando de forma consciente e inconsciente un modelo de funcionamiento de cada una de las familias representadas que cada uno de los miembros intenta plasmar en la nueva familia, hecho éste que provoca múltiples roces y desacuerdos, sobre todo cuando llegan los hijos.
En teoría, la pareja debería escoger lo positivo de cada modelo y desechar lo negativo, pero en la práctica esto no es tan fácil pues muchos de estos aspectos son inconscientes, es decir, de difícil acceso.
La familia pasa por diferentes crisis evolutivas debidas a los cambios tanto emocionales como relacionales habidos a lo largo de las diferentes etapas. Las etapas del ciclo vital más destacadas son las siguientes:
1. El encuentro de la pareja
Hace poco más de un siglo, la unión de los miembros de la pareja era pactada por los familiares de ambos; en este momento son los propios interesados quienes toman esta decisión tras una etapa de enamoramiento a la cual se llega a través de un sentimiento de atracción, una convivencia y en base a unas características similares y otras complementarias.
2. El comienzo de la familia.
Surge cuando la pareja comienza a plantearse un proyecto de vida en común basado en unas ilusiones y expectativas compartidas. Aunque en este momento sólo son dos adultos, es una etapa muy importante pues es el momento en que se establecen los pilares del núcleo familiar. Dependiendo del asentamiento de la relación de pareja y de su maduración la familia tendrá más o menos estabilidad ante las inevitables crisis futuras. Para lograr esta estabilidad han de cumplirse una serie de objetivos:
• El ajuste de la pareja
Esto no significa que un miembro se equipare al otro, sino la acomodación de ambos sin perder la propia identidad. Cada miembro de la pareja aporta unas características propias de carácter y personalidad así como las creencias y saber hacer de su familia de origen. Es normal que en un primer momento ambos miembros intenten imponer su visión de la familia, pero ha de encontrarse la forma de adaptar este engranaje y tomando aspectos de un modelo y otro, crear unas nuevas directrices para esta nueva familia.

• Creación de objetivos en común

Es necesario que a partir de los objetivos individuales se lleguen a los objetivos en común. En esta etapa se puede llegar a buscar objetivos irracionales basados en creencias equívocas que se han de evitar:
- Búsqueda de perfección en la relación e intento de cambiar al cónyuge o a uno mismo para adaptarse a las expectativas del otro.
- Miedo al caos.
- Imperativos despóticos de “amor” y aprobación.

3. Deseo de tener hijos

La creación de una familia implica una renuncia a un vínculo amoroso y pasional exclusivo para dejar un espacio psicológico al hijo. Los aspectos psicológicos y emocionales de la relación de pareja han de evolucionar cuando la misma se plantea tener un hijo. Si no se es consciente de esto, si no se llega a ese punto de renuncia, el hijo será vivido como castrante respecto a uno mismo y a la relación de pareja, en lugar de como sujeto enriquecedor de las dos facetas. Por ello los hijos no deberían llegar antes de que la pareja haya madurado y se sienta la necesidad de buscar nuevas metas mediante la crianza y el cuidado de los hijos. Dependiendo de esto, el hijo puede ser vivido como aliado, rival o intruso.

4. La llegada de los hijos

Esta es otra etapa crítica debido a que la pareja debe volver a hacer otro esfuerzo de adaptación a las nuevas circunstancias; se tendrán que enfrentar a los nuevos roles de padre y madre, y tendrán que ponerse de acuerdo en cuanto a la educación, autoridad y grado de autonomía individual y de pareja. Así mismo tendrán que sustituir sus propios objetivos ante las responsabilidades que implica la llegada de los hijos.
Otra dificultad a la que se enfrenta la familia en esta nueva etapa es la intromisión de la familia de origen en el cuidado y educación de los hijos. Siempre puede resultar útil la ayuda y apoyo de familiares, pero en este aspecto como en otros, los límites son imprescindibles.
5. Familia con hijos en edad pre-escolar
En esta etapa se dan dos puntos de vista: el de los padres y el del niño. Por una parte, los padres experimentan un cierto alivio al verse descargados por unas horas del agotador cuidado del menor. Por otra parte, nace una ansiedad desproporcionada cuando el primer hijo, sobre todo, alcanza esta edad al adquirir conciencia los padres de lo determinante de la etapa y la repercusión posterior de los cuidados, atención y educación que le proporcionen al pequeño. Así mismo, el niño se siente abandonado tanto física como emocionalmente al tenerse que separar de sus padres por tantas horas y al dejar de ser el centro de atención, y verse abocado a relacionarse con otros iguales, así como con otros adultos que no pertenecen al círculo familiar.
6. Familia con hijos en edad escolar
En la escuela primaria, el niño amplía el contacto con sus iguales y profundiza en los distintos roles que debe representar, “rol de hijos”, “rol de compañero”, “rol de alumno”. En esta etapa las amistades se hacen más intensas, las cuales le van a producir sentimientos ambivalentes. Los padres deben permitir que el niño haga sus propias elecciones y respetarlo en sus interacciones con los mismos.
7. Familia con hijos adolescentes
Esta es una etapa crítica para toda la familia, pues los padres no comprenden las actitudes de sus hijos y para los propios adolescentes, pues es la etapa evolutiva que conlleva más contradicciones y cambios. En esta etapa el adolescente está sujeto a rápidos cambios físicos que lo hacen sentirse extraño; se produce una verdadera revolución hormonal y encuentran dificultad en controlar sus impulsos, se produce el descubrimiento del sexo opuesto. Esta es una etapa de transición entre la infancia y la edad adulta, hecho que les cuesta entender a los padres que frecuentemente manifiestan: a veces quiere ser mayor y otras se comporta como un niño. En estos momentos en los que el adolescente necesita mucho tiempo para sí mismo, algo imprescindible para su desarrollo, momentos llenos de abstracción e interiorización, la sociedad los presiona con múltiples exigencias para que crezcan más rápido, exigencias que contribuyen a acrecentar las presiones típicas de la edad.
La adolescencia es un momento de desasimiento de los padres, hecho éste que deben fomentar los mismos para que sus hijos se puedan desarrollar como seres independientes y maduros, pero al mismo tiempo aún no tienen recursos propios para ser autónomos y necesitan la dirección y los límites que les imponen los adultos. Todas estas circunstancias confunden a los padres que las vivencian como actos de rebeldía y rarezas, siendo motivo de continuos conflictos.
8. Nido vacío
Esta es una etapa que con frecuencia es vivida por los padres con sufrimiento. Ha culminado la crianza de los hijos y éstos se han independizado dejando vacíos que en ocasiones resulta difícil llenar. Por otra parte, se acercan cambios para los que aún no están preparados, como la jubilación o la vejez. Así mismo, puede ser un momento de enriquecimiento para la pareja o un momento en que se vengan abajo sus pilares si éstos estaban construidos sobre el rol de padres. Son momentos de fortalecer la relación de pareja, de buscar nuevos objetivos y vivencias.
9. La jubilación.
Cada etapa de la vida no es independiente sino que está relacionada con las etapas anteriores y la forma de relacionarse la pareja con el contexto social. La pérdida del contexto laboral viene a acrecentar los vacíos de la etapa anterior. La pareja se encuentra con mucho tiempo libre, con menos objetivos y un contexto relacional disminuido debido a que en el trabajo se daban una importante parte de las relaciones sociales. En esta etapa se puede producir un sentimiento de aislamiento al no relacionarse diariamente con compañeros de trabajo y tener menos contacto con los hijos. Todo ésto dependerá de la red familiar y social que apoye a la pareja y de la capacidad de la persona para seguir teniendo objetivos y manteniéndose activa.

11 de marzo de 2013

La banda sonora de tu familia


banda-sonora
Adriana Perera, profesora de Música y madre
Ana es una niña de tres años. Se acerca vacilante a su mamá y entona su nombre. Su madre la abraza, emocionada, porque es la primera vez que escucha su voz en catorce meses. Ana ha estado hospitalizada y su enfermedad le impedía el contacto directo con otras personas. Cuando comenzó a mejorar y pudo salir del aislamiento aséptico, sufría un trauma que le impedía hablar. Durante mucho tiempo los logopedas se han encargado de recuperar a estos niños, pero es desde hace dos o tres años que en algunos hospitales de España un equipo de musicoterapeutas se encarga de su rehabilitación, obteniendo un notable éxito en la reducción del tiempo de recuperación. Los niños son capaces de cantar su nombre y diferentes palabras, que luego serán frases, antes de poder pronunciarlas sin la entonación musical. ¿Cuál es la razón?
Desde tiempos remotos sabemos que la música influye en el ser humano a diferentes niveles. Platón, en su obra La República, afirma que la música puede mejorar o empeorar a los ciudadanos. En la Biblia se nos cuenta la historia de Moisés, que por orden divina pone música a las palabras de la ley para que los niños del pueblo de Israel las graben en sus corazones. Sin embargo, es a principios del siglo XX cuando surge la musicoterapia como la ciencia que se ocupa del mantenimiento y restauración de la salud, tanto física como mental, a través de la música. Gracias a ella, podemos conocer más sobre los efectos negativos y positivos que tiene la música en el ser humano y, aunque queda mucho por investigar, es un hecho comprobado que la música tiene, entre muchos otros beneficios, el poder de despertar, fortalecer, estimular y desarrollar diversas emociones y sentimientos; y el de facilitar el aprendizaje al mantener en actividad e interconectar diversas áreas del cerebro.
Antes muerta que en silencio…
Cien años atrás, nuestros antecesores escuchaban música en una sala de conciertos, en la iglesia, en las fiestas del pueblo…Hoy, la música enlatada en diversos formatos nos acompaña donde vamos, nos rodea, a veces parece que nos persiguiera.
La poderosa industria de la “música ambiental”, que se basa en la premisa de que la música puede condicionar y modificar nuestra conducta sin que seamos conscientes de ello, planifica cuidadosamente la música que vamos a escuchar en la publicidad de la tele, en la consulta del dentista, en el cine, en el tren, en el supermercado, etc. Así, con mucha frecuencia, la música deja de ser un arte, un medio de expresión, para transformarse en una poderosa industria controlada por un grupo de expertos del marketing que decide y fija las normas de “lo que conviene al público”, y en especial al público joven, para cumplir sus expectativas de venta.
En febrero de 2005, el departamento de marketing de Coca Cola en España publicó una estadística en la que se refleja que el 90% de los jóvenes españoles entre 12 y 25 años escuchan de una a cinco horas diarias de música. La empresa realizó un estudio de mercado en el que dividía en grupos a los encuestados, teniendo en cuenta su edad, gustos, afinidades, nivel cultural, etc. A continuación, se lanzó una promoción de discos compactos con grupos que “llenaban” las expectativas de la población española entre 12 y 25 años. Campañas como ésta se realizan continuamente y nos mueven a una reflexión: ¿Quién elige la música que escuchamos? ¿Nosotros o la industria discográfica? ¿Hay alguna manera de darles a nuestros hijos herramientas y criterios para que formen sus gustos musicales? ¿Podemos contribuir a unas preferencias musicales menos condicionadas por el consumismo?
Sin duda, creemos que hay mucho que podemos hacer en familia para disfrutar de la música como ese maravilloso lenguaje universal que nos acerca, nos emociona y nos hace más felices.
Música para disfrutar en familia
A continuación, os proponemos algunas ideas que nos pueden ayudar a beneficiarnos de la música :
CREAR AMBIENTE: La música tiene una capacidad mágica para crear diferentes ambientes. Los compositores de bandas sonoras son verdaderos especialistas en manejar los diferentes recursos musicales para hacernos reír, llorar, enternecernos, temblar de miedo…
Aprovechemos estos recursos fantásticos que nos brinda la música para crear el ambiente que deseamos. Una música relajada a la hora de leer el cuento, o mientras los niños juegan; las canciones que más les divierten cuando vamos juntos en el coche… Muchos padres utilizan la música para dormir a sus hijos, de manera que éstos asocian la música a la hora de dormir y ella les ayuda a conciliar el sueño más rápidamente.
Existen varios estudios que demuestran que la música culta o “clásica” es la más apropiada para estimular la creatividad y facilitar el aprendizaje. Esto se debe al equilibrio que guarda esta música entre sus elementos: la melodía, la armonía y el ritmo, así como a la claridad de la estructura formal. Claro que no todas las obras de música “clásica” tienen estas características; hemos de seleccionarlas. Por otra parte, hay músicas contemporáneas de otros estilos que presentan las mismas peculiaridades.
¿CON O SIN FILTRO?: La música es un lenguaje que se compone de diferentes mensajes simultáneos. Uno de ellos es el mensaje verbal, la letra de las canciones. Es interesante escuchar detenidamente el contenido de muchas letras que ocupan hoy los primeros lugares en el ranking de ventas. El 88% del texto de las canciones más escuchadas en España el año pasado hace alusiones positivas al consumo de marihuana, tabaco y alcohol. Quizás, a priori, no entendamos que pueda representar un peligro para quien la escucha, pero disponemos de numerosos estudios que demuestran la influencia de la repetición de un concepto para la formación de hábitos. No queremos extendernos en datos estadísticos, pero es asombroso el alto porcentaje de letras cuyos temas tratan sobre la intolerancia, el suicidio, la agresividad como valor a emular, etc.
Si el 90% de los jóvenes españoles está escuchando música entre una y cinco horas diarias, y las letras de estas canciones fomentan cierto tipo de consumo o de actitud, es lógico pensar que hay una relación directa entre la repetición de conceptos y la asimilación de los mismos.
Es interesante escuchar junto a nuestros hijos. Preguntarles qué piensan sobre lo que oyen, con una actitud abierta y dialogante. Ayudarles a ser conscientes de las letras que cantan o escuchan y a mantener una actitud crítica y coherente a la hora de formar sus criterios propios (aunque no siempre coincidan con los nuestros).
HACER MÚSICA: La música es un lenguaje que brinda a quienes lo practican muchos beneficios, entre los que destacaremos:
• Favorece la construcción de un autoconcepto sano en el niño y el adolescente, así como la expresión de los sentimientos.
• Desarrolla la atención, la capacidad creadora y la imaginación.
• Ayuda a la comprensión y al acercamiento del otro.
• Brinda una alternativa socio-cultural positiva y constructiva.

Los niños que hacen música, ya sea cantando o tocando un instrumento musical, tienen más recursos para formar gustos y criterios de selección propios.
Invertir dos o tres minutos al día en cantar con nuestros hijos es una preciosa manera de crear vínculos con ellos. La autora norteamericana E.White escribe a finales del siglo XIX: “Cantemos en el hogar cantos dulces y habrá menos palabras de censura y más de alegría y esperanza.” (La educación, pág. 163)
DE LO BUENO, LO MEJOR: Eriksson escribe que “somos lo que pensamos”; y hemos visto que la música es una herramienta poderosa que, bien usada, puede hacer mucho por nosotros y nuestros hijos. En Filipenses 4:8, el apóstol Pablo nos invita a buscar lo mejor, a tender a la excelencia a la hora de alimentar nuestra mente.
Nuestra vida es como una película, un conjunto de imágenes en las que podemos decidir que los protagonistas sean aquellos a quienes más queremos, a quienes más cerca sentimos. Ya que el guión casi nunca lo podemos elegir, y raras veces se adapta a aquellas ideas que teníamos en un principio – sobre todo a la hora de educar-, aprovechemos la oportunidad de elegir con sabiduría y lucidez la banda sonora que queremos escuchar… Y disfrutémosla, sobre todo disfrutémosla, que para eso está la música.

4 de marzo de 2013

Amaos, o por lo menos, toleraos


tolerancia-2
José Antonio M. Moreno y Raquel Aguasca,
Hace unos años, el diario El País publicaba una viñeta de uno de sus dibujantes habituales, Máximo, con un contenido muy interesante. Se trataba de un dibujo que representaba a Dios dirigiéndose al mundo y diciendo:





Amaos los unos a los otros,
o por lo menos, quereos,
o por lo menos, estimaos,
o por lo menos, apreciaos,
o por lo menos, respetaos,
o por lo menos, toleraos,
o por lo menos, soportaos,
o por lo menos, aguantaos,
o por lo menos, ignoraos,
o por lo menos, no os matéis más de lo éticamente razonable.

En la amarga ironía que subyace se percibe un profundo desacuerdo entre lo que debe ser y lo que suele ser. Como personas, somos llamados a amarnos y, si no somos capaces de ello, por lo menos a querernos, estimarnos, apreciarnos o respetarnos. Podríamos incluso admitir la necesidad de ser capaces de tolerarnos; pero es discutible que se pueda mantener una sociedad cuya convivencia se base en “soportarnos”, “aguantarnos” o “ignorarnos”; sin hablar, desde luego, de atentar contra la vida de nuestros semejantes, aunque sea “éticamente”, mediante “guerras preventivas” que, paradójicamente, pretenden evitar otros males (léase “genocidios”, “dictaduras” e incidentes provocados por “los malos”, que siempre son los demás).
Máximo parte, en su reflexión, de un episodio de los evangelios. Poco antes de su prendimiento, Jesús propone a sus discípulos un nuevo mandamiento. Previendo la inminente separación, Jesús les dice:
“A donde yo voy, vosotros no podéis ir. Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.” (Juan 13: 33-35)
No es un mensaje novedoso. Jesús había hecho ya la misma propuesta con anterioridad, y ante un público exigente. Poco después de haber dejado sin palabras a aquellos saduceos que le proponían el complicado caso de la viuda casada sucesivamente con diversos hermanos y el enigma que se plantea en el momento de la resurrección, los fariseos se acercan a preguntarle por el mayor mandamiento de la ley.
Todos conocemos bien el pasaje, registrado en Mateo 22:36-39. A la insidiosa pregunta de los fariseos, Jesús resume la ley. En realidad, no está haciendo otra cosa que citar un texto al cual escribas y fariseos no pueden poner ninguna objeción:
“Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas.” (Deuteronomio 6: 4 y 5)
Se trata de “su” ley, la que ellos mismos utilizan para defenderse de los “falsos profetas” como Jesús. Pero Jesús aporta una dimensión social al mandamiento del Antiguo Testamento. “A tu prójimo como a ti mismo” trasciende lo personal y familiar y entra en la esfera de lo público, se trata de mi relación con los demás.
¿Cómo podemos traducir a nuestro ámbito esta propuesta? ¿Qué podemos hacer para realizarla, individualmente y, sobre todo, como comunidad, como iglesia?
La palabra “iglesia” se ha incorporado a nuestra lengua, como muchas otras, a través del latín, procedente del griego “eklesia”. En sentido estricto, “eklesia” significa asamblea y surge como término para designar las reuniones de los primeros cristianos. En el Nuevo Testamento abundan las referencias que ponen de relieve la importancia de la iglesia como comunidad de creyentes. El mismo Jesús garantiza su presencia entre aquellos que se reúnan en su nombre, aunque sean solo “dos o tres” (Mateo 18:20). Así pues, resulta evidente que la iglesia como comunidad de fieles surge a partir de la voluntad del Señor y es apoyada por él.
Somos millones en todo el mundo los que nos identificamos con un mismo nombre.
Indudablemente, resulta muy agradable sentirnos parte de un colectivo tan numeroso que, sábado tras sábado, es capaz de abandonar sus ocupaciones y preocupaciones y acercarse a la casa de Dios para recibir apoyo espiritual y también social, o para darlo a otros. Este es el papel fundamental de la iglesia como comunidad. Trataremos ahora, no obstante, de subrayar su interés social.
Además de ser un grupo tan extenso, también es muy diverso. Hasta hace poco, la mayoría de las familias adventistas en España se conocían muy bien. Hijos e hijas de amigos y conocidos nuestros se casaban y tenían hijos. Muchos lo sabemos. Han ido apareciendo poco a poco en las páginas de enlaces y natalicios de la Revista Adventista. Pero las cosas han ido variando en el transcurso de pocos años. Hoy en día, el sábado nos encontramos en nuestra iglesia con creyentes a los que no hemos visto nunca antes. Entre nosotros hay personas de diferentes nacionalidades y culturas, con distinta formación y ocupaciones; hay niños, adolescentes y jóvenes, adultos, mayores; familias numerosas, personas solas…
Esta diversidad es el mayor patrimonio social de nuestra comunidad. Resulta estimulante y enriquecedor, aunque hemos de reconocer que, también a menudo, fuente de incomprensiones y desencuentros.
Los que ejercemos la docencia desearíamos, a veces, que los grupos de alumnos con los que nos toca trabajar fueran más homogéneos. Sería más cómodo, más fácil, idénticas necesidades e idénticas capacidades. Pero no es así y en el aula nos encontramos con alumnos muy brillantes y con otros que acarrean desfases de más de un curso, alumnos que saben lo que quieren y están dispuestos a esforzarse, y otros que se recuestan en la silla como si se tratara de un sofá, alumnos apoyados por su familia y algunos cuya configuración familiar todavía complica más su aprendizaje.
La vida real es así, la sociedad es diversa y heterogénea y por ello nuestra iglesia lo es también. Nos une el reconocimiento de la figura de Cristo, la aceptación de su sacrificio para nuestra redención y nuestro deseo de estar con él; pero es evidente que a veces hay muchos aspectos que propician algunas desavenencias.
¿Qué podemos hacer para resolver esta aparente contradicción? ¿Cómo acercarnos a nuestros hermanos aceptando las diferencias que mantenemos y, al mismo tiempo, sentirnos unidos por la misma fe?
En primer lugar, ¿quién es mi prójimo en la iglesia? El “proximus”, en latín, es, simplemente el próximo, el que tengo cerca. Es mi próximo el niño que corre dentro de la iglesia, se pasa el culto pintando y al que de vez en cuando se le caen estrepitosamente los lápices; el adolescente que no para de hablar en la última fila, el que en lugar de venir a la iglesia con su Biblia lleva la Nintendo en el bolsillo, la joven cuyas prendas de vestir disminuyen progresivamente, los que llevan colgados adornos de todo tipo de distintas partes del cuerpo; y también el ceñudo adulto que mira a su alrededor con desaprobación, en lugar de concentrarse en lo que dice el predicador, y se siente impulsado a amonestar pública y privadamente, el que viene a la iglesia todos los sábados pero no se compromete… Y también el que pasa de todo esto y viene después del culto a charlar con sus amigos. Está claro que son ejemplos muy extremos, casi rozando la caricatura, pero en ellos estamos todos.
Y eso es lo bueno, que estamos todos, que hemos venido a la iglesia, que todos, por “diferentes” y “raros” que nos consideremos unos a otros, deseamos lo mismo, hemos decidido voluntariamente formar parte de esta comunidad, que no es otra cosa sino el proyecto de aquella más definitiva a la que miramos esperanzados.
Y es que en la base de la convivencia y, por tanto, del amor al prójimo, está la aceptación del otro como persona, me gusten o no su estilo, sus formas o sus ideas.
Últimamente se habla mucho de tolerancia. “Tolerancia cero” ante el maltrato a las mujeres, el terrorismo, la violencia… Es curioso, “tolerancia cero” es lo mismo que “intolerancia”, sin embargo no se usa demasiado este término (quizá porque provoca rechazo). Pero es verdad que debemos ser intolerantes con muchas actitudes y conductas sociales. No vamos a tolerar que una persona maltrate a otra física o psicológicamente, la excluya o la presione. Hay muchas cosas ante las que debemos ser intolerantes.
Ahora bien, ¿qué queremos decir cuando hablamos de tolerancia? Tolerar significa, en sentido estricto, consentir, no oponerse a algo aunque se tenga poder para ello.
Si pudiéramos establecer una escala, la tolerancia sería el primer escalón hacia el objetivo final que es el amor al prójimo. La tolerancia es el punto de arranque de la convivencia, es lo mínimo, consiento con tus formas o tus ideas y renuncio a la posibilidad de enfrentarme a ellas. Pero la tolerancia debe conducirnos al respeto. Tolerancia y respeto no son exactamente sinónimos. En el respeto hago algo más que soportar tus ideas o actitudes, entra en juego la consideración de que tu postura es tan digna o aceptable como la mía, parte de la premisa de la igualdad, todos somos dignos de la misma consideración y trato independientemente de nuestras diferencias. En el respeto se incluye ya una noción de aprobación (aunque no puedo compartir tus ideas, acepto que las tengas y no pienso por ello que yo estoy en lo cierto y tú estás equivocado. Acepto que tus ideas y tus formas son tan válidas como las mías y, por tanto, estoy reconociendo la posibilidad de que tú tengas parte de la verdad y yo lo descubra después).
Vista así, la iglesia adquiere entonces una dimensión educativa. Nuestros hijos pueden aprender a convivir en una sociedad heterogénea donde no todos son como yo, pero todos son igualmente hijos de Dios, y por eso no tengo derecho a descalificarlos ni a creerme mejor que ellos. Aceptar la diferencia y respetarla nos enseña a convivir.
Sin embargo, el objetivo que Jesús propone va más allá: el amor, el aprecio hacia cada uno de los miembros, la estima sincera y la preocupación por los que tengo al lado, la valoración positiva de sus capacidades y aportaciones. Esto es lo que enriquece a la iglesia, la implicación de todos, cada uno según sus capacidades y posibilidades. De este modo, la iglesia adquiere su razón de ser en la relación de interdependencia que establecemos unos con otros.
Por eso es bueno que nos impliquemos, que todos tengamos una ocupación, algo que ofrecer a los demás en la iglesia, que fomentemos la participación de todos los sectores e individuos. Nuestras diferentes formas de ver, nuestras diferentes capacidades nos enriquecen mutuamente y hacen que entre todos completemos la iglesia.
Hace muchos años, un país fue invadido por un ejército muy cruel. Entre los ciudadanos de aquel estado vivían un cojo y un ciego. Ambos se quedaron perplejos cuando oyeron la noticia. Estaban perdidos. A cada uno de ellos les faltaba algo para poder escapar de aquella amenaza. Entonces el cojo tuvo una idea que les permitió huir: avisó al ciego del peligro que corrían, éste cargó al cojo a sus espaldas y escaparon juntos. Se salvaron porque aprovecharon lo mejor de cada uno.
Todos somos ciegos o cojos, o tal vez ambas cosas. Lo que nos redime no son nuestras cualidades o capacidades, sino la intervención de Cristo. No permitamos, pues, que estas diferencias nos separen. Colaboremos unos con otros, ayudándonos a progresar, aportando cada uno lo que somos o sabemos. Aprendamos a apreciar con sincera estima a todos los que nos rodean, también a los que no se nos parecen, porque tal vez tengamos mucho que aprender de ellos. No nos quedemos en los escalones intermedios de la gradación de Máximo con la que iniciábamos el artículo, propongámonos “Amarnos unos a otros”, con auténtico “amor”, no solamente estima, aprecio, respeto o tolerancia. No nos conformemos con menos.